En sólo un segundo…

El sábado prometía ser un día magnífico. Después de cuatro años y de mucho trabajo de organización por parte de mi padre y dos de sus primas, la familia Velázquez (por parte de mi abuela paterna) volvería a reunirse.

El día antes me había pasado horas tratando de encontrar un vestido bonito, y esa mañana fui a la peluquería para ponerme guapa. Me encanta ir allí porque me relaja mucho.

Para cuando acabé era tarde, así que salí a toda mecha a casa, a cambiarme de ropa, pues la mayoría de la gente, casi 70 personas venidas de muchos rincones de España (Madrid, Valladolid, Vitoria…) estaba ya tomando el aperitivo.

Sobre las 12.30 nos dirigimos a la Plaza de Toros de mi pueblo, Toro, que es una de las más antiguas de España, para una visita guiada. Fue algo bonito y diferente a la vez anterior, donde nos llevaron al Monasterio del Sancti Spiritu (misa incluida). Los más jóvenes agradecimos el cambio.

El siguiente paso de nuestra jornada era una comida en el restaurante-bodega Montelarreina, a unos pocos kilómetros de Toro.

Llegamos casi los primeros, unos familiares de Castronuño estaban ya allí tomando algo porque no pudieron llegar a la visita de la plaza. Poco a poco, fue llegando más gente. Estábamos casi todos, ya sentados, esperando por unos pocos rezagados que se habían pasado la salida y estaban dando la vuelta…

Yo estaba en la mesa con mi hermano y algunos primos, casi todos más pequeños. Pellizcaba el pan porque tenía mucha hambre. De repente, mi madre vino y me dijo al oído: “Ten cuidado y no digas nada, me voy para abajo porque a los de Bóveda los ha arrollado el tren”.

Y click. Ese fue el segundo que lo cambió todo. Que nos cambió a todos.

Mientras todos los ocupantes de mi mesa me miraban desconcertados, farfullé una disculpa y me levanté de la mesa, saliendo a la terraza que hacía de entrada para el salón donde íbamos a comer. Allí todo eran carreras, lágrimas, gritos.

Por lo visto, al ver que no llegaban, mi padre bajó con el coche a esperarlos a la salida de la carretera que debían coger. A medio camino entre el restaurante y la nacional, hay que cruzar las vías del tren. Cuando llegó, se encontró con la tragedia. Ya estaban allí los servicios médicos y la Guardia Civil, y mi padre subió al restaurante a buscar más ayuda y a dar la triste noticia.

Mientras unos cuantos bajaron al lugar del incidente, otros nos quedamos en la terraza, a la espera de noticias. La tensión era palpable, la angustia, evidente.

La hija de los dueños del hotel, que había bajado también, alertada por una camarera, nos trajo noticias. “No hay ningún muerto”, nos dijo. Un suspiro de alivio generalizado, que duró poco.

Minutos más tarde, conseguí hablar con mi padre, que estaba allí abajo. “Es Laura, es Laura, es Laura”, repetía. “Loli está muy mal”. Intentando contener las lágrimas, les trasladé la noticia a los demás. Hubo gente que no lo creyó, o no quería creerlo, supongo que siempre te aferras a una esperanza mientras no haya confirmación oficial.

Mi móvil volvió a sonar. Esta vez era mi madre: “Estaos preparados tu hermano y tú, que tu padre ha perdido el conocimiento y tiene un ataque de ansiedad muy grande”.

Lógicamente, bajamos en cuanto colgué. El nudo que se me hizo en el estómago al llegar a las vías del tren, no podré olvidarlo nunca. El coche estaba en el andén, destrozado. Multitud de personal médico se encargaba de atender a los heridos. Había varias ambulancias. Allí pudimos enterarnos mejor de cómo había sucedido todo.

Iban tres coches, en fila india. En el primero conducía Iván, marido de Inés, que es la hija de un primo carnal de mi abuela, Pipe. Los demás ocupantes eran la propia Inés; Lidia, la niña de ambos, que tiene dos añitos; Loli, hermana mayor de Inés; y Laura, única hija de Loli, que tenía 13 años.

En otro de los coches iba el hijo de Pipe, José Felipe, con su mujer y sus dos hijos pequeños. Y en el otro, iba Pipe, con Conce, su esposa, y un sobrino y su mujer, que habían venido a la fiesta desde Madrid.

Estos dos coches pudieron ver cómo al ir a cruzar las vías, el tren enganchó a los primeros por un lateral, y cuando giraban sobre sí mismos, la pequeña Laura, la preciosa Laura, salió despedida. Yo no fui capaz de acercarme hasta donde estaba su cuerpecito, tapado con una manta.

Aún no sabemos a ciencia cierta lo que pasó, y no soy yo la que lo tiene que determinar, más adelante supongo que nos enteraremos, pues supuestamente Renfe tiene un vídeo en el que se ve todo lo sucedido.

Cuando mi hermano y yo llegamos abajo, nos encontramos a Pipe y a Conce fuera de sí, lo cual es lógico, porque a lo dramático del suceso había que añadirle que ellos lo habían presenciado. Mi padre estaba siendo atendido por unos médicos, y como había tenido anteriormente un episodio cardíaco, se lo llevaron a Urgencias al hospital de Zamora. En la misma ambulancia iba Inés, una de las heridas.

Momentos antes de que mi madre, mi hermano y yo saliésemos pitando para Zamora, un helicóptero llegó para llevarse a Loli a Salamanca, para que pudiese recibir mejores cuidados médicos por el tipo de lesión que en principio parecía que tenía.

Allí dejamos a los demás.

Cuando llegamos a Zamora, ya se estaban encargando de mi padre e Inés. Pronto nos avisaron de que también Pipe estaba siendo trasladado al clínico, puesto que se quejaba de un dolor fuerte en el pecho y los médicos habían estimado que lo más prudente era tenerlo vigilado. Así que entre los tres nos repartimos para estar con los pacientes.

Las horas se hacían interminables en Urgencias. Mi padre había sido sedado, con lo que estaba dormido y no se enteraba de nada. Pero Pipe no quería estar allí, decía que su lugar era junto al cuerpo de su nieta. Su estado de nervios era incontrolable, e incluso llegó a solicitar el alta. Afortunadamente entre mi madre y los médicos, y una enfermera jovencita, muy maja, pudieron convencerlo de que estuviese un rato más en observación.

El marido y la nena de Mª Inés también fueron llevados al hospital por precaución. Aparentemente no tenían nada pero siempre es mejor descartarlo. Pronto llegaron los familiares de Iván para estar con ellos y hacerse cargo de la pequeña Lidia, a la que dejaron ingresada en Pediatría para tenerla una noche en observación.

La otra hija de Pipe, Loli, la madre de Laura, estaba en la UVI en Salamanca, acompañada por su hermano y su cuñada. Parece que finalmente su estado no era tan grave y solamente tenía los traumatismos y unas cuantas costillas rotas. Un pequeño alivio.

Y así transcurrió nuestra tarde, de una camilla a otra, sujetando manos, murmurando palabras de consuelo que no hacían ningún efecto.

Sobre las 8, tras descartar que pudiese sufrir un infarto, y algo más tranquilo, mi padre fue dado de alta. Dejando a los demás acompañados, recibiendo los cuidados necesarios y algo más tranquilos, nos fuimos a Toro, para cambiarnos (aún estábamos con vestidos, tacones, etc…) y dirigirnos al tanatorio, donde se habían llevado ya a la niña tras el levantamiento del cadáver.

Aunque queríamos que mi padre se quedase descansando, fue imposible. No obstante cuando llegamos al tanatorio uno de mis tíos fue capaz de convencerlo de que se fuese a casa. No se sentía bien, se culpaba a sí mismo por haber sido el organizador de la comida. Como si alguien pudiese pensar que él tenía la culpa!

El tanatorio era un goteo incesante de gente. Uno de los momentos más sobrecogedores fue cuando llegó el padre de la niña, que estaba de viaje de fin de semana y tuvo que volverse. Suya fue la tarea de elegir un ataúd para la pequeña. No puedo ni imaginar lo que tuvo que sentir en ese momento.

Para esa hora, tanto los diarios digitales nacionales como la televisión ya se habían hecho eco del suceso. Incluso un amigo de mi hermano, de Murcia, le había llamado tras ver la noticia, al igual que mi hermano le había llamado a él cuando el terremoto de Lorca. Se quedó helado cuando supo que eran familiares nuestros.

Pipe apareció algo más tarde, cuando fue dado de alta en el clínico. Y también Mª Inés e Iván. A estos se los tuvieron que llevar de allí, porque no estaban en condiciones (sobre todo ella).

Se acercaron también hasta allí amigos de la niña, compañeros de clase. Demasiado pequeños para tener que asumir que estas cosas pasan, pero suficientemente mayores para querer estar allí junto a su amiga. Inquietos por cuándo y dónde sería el funeral, pues querían ir. Le pedí el teléfono a una de las niñas y me comprometí a avisarla en cuanto se decidiese algo en firme. Se fueron más tranquilos.

Seguía llegando gente cuando nosotros nos fuimos del tanatorio, a eso de las 2 y media de la mañana.

Me fue muy difícil dormir. Las pesadillas se sucedían y me despertaba constantemente. No es que estuviese muy unida a la niña, con la que sólo había coincidido en unas cuantas ocasiones (a pesar de eso era mi familia y ese simple hecho la convertía en alguien especial), pero era la situación al completo lo que me tenía desolada.

Me parece sumamente injusto que alguien que está empezando a vivir se vaya así, en sólo un segundo, se nos escape de las manos sin que no nos demos ni cuenta, ni podamos hacer nada por evitarlo. También me ponía en la piel de esa madre que estaba en el hospital de Salamanca sin saber qué había sido de su hija. En la de esa familia destrozada. Y estaba muy preocupada por mi padre, que no estaba encajándolo de manera racional.

Estábamos preparados para pasar un buen día, un día de fiesta, y sin embargo esto fue lo que sucedió. Con toda la gente esperando su llegada, impacientándose quizás por esa tardanza, saboreando ya las delicias que iban a servirnos. Y de repente nadie se acordó de la comida, nadie tenía hambre, nos parecía grotesco estar allí sin poder hacer nada para remediar esta tragedia horrible. Rabia, impotencia, desolación… imposible ponerlo en palabras.

El día siguiente no fue mucho mejor. Mientras mis padres fueron al tanatorio, yo me quedé recogiendo la casa por si algunos de los primos de mi padre tenían que venir a comer o a descansar un rato. Atendiendo en el teléfono a los familiares que se habían ido el día anterior, informándoles de las últimas noticias.

El entierro tuvo lugar a las 6 de la tarde en La Bóveda de Toro, localidad de donde procedían tanto la fallecida como su familia. Decir que había muchísima gente es quedarse corto. Supongo que es lo que pasa cuando el difunto es alguien de corta edad y sobre todo en una comarca donde todo el mundo se conoce. Incluso estaba la enfermera del clínico, la jovencita. Había acudido con su madre, después de haber estado con todos nosotros en el servicio de Urgencias. Me pareció un gesto precioso.

Recuerdo que fue una misa muy corta, acelerada, quizás con la intención por parte del cura de acortar un poco la agonía de su padre y sus abuelos y tíos, demasiado cansados y destrozados por el dolor. A duras penas podíamos contener las lágrimas ante la visión del féretro, pensando en ella, en todo lo que tenía por delante, lo mucho que le quedaba por vivir.

Uno de los pensamientos que más me obsesionaban era su madre, que su madre no estaba en el funeral. Ya le habían comunicado la noticia por recomendación de los médicos, y no quiero ni imaginarme lo que debe sentir.

Aparte del intenso dolor físico (cualquiera que haya tenido una costilla rota o con fisura puede dar fe de que duele hasta respirar), ¿qué debes sentir al pensar que tu niña, la razón de tu vida, está siendo enterrada y no estás para acompañarla en su último adiós?

Me acuerdo que esa mañana en la plaza le pregunté por Laura. “Se estaba planchando el pelo y haciéndose la raya del ojo”, me dijo. “Tiene 13 años pero es muy adelantada”. Creo que nunca podré olvidarme de esas palabras. Yo no llegué a verla.

Tras el funeral me vine a Madrid, donde he podido descansar algo más.

Me he decidido a escribir este post para contar cómo viví yo todos esos horribles momentos, y también para agradecer las muestras de apoyo y afecto que he recibido en estos dos días.

También la atención que recibimos por parte de los profesionales del servicio de Urgencias del Hospital Clínico Virgen de la Concha en Zamora (médicos, enfermeras, auxiliares, celadores…). Si bien eché en falta un psicólogo que atendiese a los pacientes, debido a la crisis de ansiedad que todos estaban padeciendo, su trato fue impecable y su paciencia inmensa con nuestras idas y venidas de una camilla a otra.

Reedito el post porque me había olvidado en los agradecimientos del restaurante Monte La Reina, donde nuestra comida estaba prevista cuando sucedió todo. Tanto los dueños como el personal estuvieron en todo momento pendientes de la gente, y se han portado magníficamente con nosotros.

Nos queda un camino largo a todos para recuperarnos de este hecho tan traumático, y nuestra prioridad es confortar a esa familia que ha perdido a uno de sus miembros más jóvenes.

La mía también es que mi padre se recupere del shock y pueda racionalizar la situación y tirar para adelante, porque lo necesitamos.

Muchas gracias a tí que has leído esta larga y triste crónica de un día de fiesta que truncó la vida de una preciosa niña de 13 años.

4 comentarios en “En sólo un segundo…

  1. Rosy esta historia es dolorosa y terrible. Nos hace reflexionar sobre lo fugaz de la vida.Las penas compartidas son menos y tu sabes que comparto este dolor con un silencio respetuoso. No hay mucho qué decirle a la muerte o qué decir de la muerte nos abraza con su inmenso e insondable silencio.La muerte arbitraria que se lleva a unos muy pronto y a otros muy tarde. Lo lamento mucho.

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  2. Sobrecogedor. Muchas veces no nos damos cuenta de la fragilidad de la vida y como problemas que crees un mundo no son más que nimiedades y pequeñeces al lado de las cosas que realmente importan y que por diversas cuestiones (el ritmo loco del mundo, las formas de vida de la sociedad actual priorizando verdaderas tontunas…)no nos paramos a advertir y meditar. Perder un hijo, según han explicado muchas personas que les ha tocado pasar ese trance, te marca para siempre porque es el mayor dolor que se puede sentir. Como escribías antes, hoy el cielo tiene una estrella más que brilla con la inocencia y pureza propia de una chica de 13 años.D.E.P. "Los problemas que te matan de preocupación, nunca se materializan.Los que te toman por sorpresa un miercoles por la tarde te dejan pasmado."(Alfie)Jorge Sopeña (Twitter)

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  3. Convidados para una fiesta y, en cuestión de minutos, forzados a cambiar vuestras galas por otras, más apropiadas, con las que honrar a los muertos. ¡Qué situación tan dramática y de profunda tristeza!El destino es tan inescrutable y caprichoso. Querer entenderlo o buscarle sentido puede no ser tarea imposible, sino locura.Sin conocerte, debo decirte que cuentas, en estos momentos tan difíciles, con todo mi afecto y comprensión.Espero y deseo, que los supervivientes heridos, al igual que tu padre, se recuperen, a la mayor brevedad, de sus heridas físicas y emocionales para, así, hallar la paz de espíritu que su corazón, ahora mismo, no alberga.Mi más sentido pésame para toda la familia.

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  4. De vez en cuando me paso por aquí porque me encanta como escribes. El relato que nos describes Rosa es terrible. El destino puede ser muy cruel, lo siento mucho, un abrazo

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