Quiero… ¿crecer?

Hace algún tiempo leí, al inicio de un libro de Jorge Bucay (creo que era Cartas para Claudia), este poema escrito por el famoso psicoterapeuta argentino:
Quiero que me oigas, sin juzgarme.
Quiero que opines, sin aconsejarme.
Quiero que confíes en mí, sin exigirme.
Quiero que me ayudes, sin intentar decidir por mí.
Quiero que me cuides, sin anularme.
Quiero que me mires, sin proyectar tus cosas en mí…
Quiero que me abraces, sin asfixiarme.
Quiero que me animes, sin empujarme.
Quiero que me sostengas, sin hacerte cargo de mí.
Quiero que me protejas, sin mentiras
Quiero que te acerques, sin invadirme…
Quiero que conozcas las cosas mías que más te disgusten,
que las aceptes, y que no pretendas cambiarlas.
Quiero que sepas que hoy, por lo menos hoy, tú puedes contar conmigo…
 
Sin condiciones.

Todos queremos (o deberíamos querer) esta lista de cosas para cualquier relación interpersonal marcada por el afecto. Con la gente que de verdad nos importa, da igual que sea un amigo, nuestra familia o la persona de la que estamos enamorados.

Parece fácil, ¿verdad? Pues yo creo que es terriblemente complicado. A veces, proyectamos en los demás nuestros miedos, y los disfrazamos de amor y legítima preocupación. Y eso es de todo, menos sano.

Cojones tiene la copla que lo diga yo, que soy el adalid de la preocupación por los demás. Lo que pasa es que al final, acaba afectando no solo a mi propia salud física y mental, sino también a la de los objetos de esta mal entendida empatía. Pero bueno, lo mío es un trastorno mental del que soy consciente y en el que estoy trabajando.

Todo este rollo viene porque veo acercarse mi trigésimo cumpleaños como ves acercarse un tren y resulta que se te queda un pie atrapado en el medio de la vía. Y aparte de una pésima gestión de las expectativas que tenía de cómo debía ser mi vida a los 30, cosa harto frustrante porque no soy capaz de adaptarlas a mis circunstancias actuales, siento que al ir creciendo solo he acumulado responsabilidades. Ni una puta ventaja.

Levantarme cada mañana para ir a trabajar, preocuparme de pagar el alquiler y las facturas, ir a hacer la compra o tirar la basura, organizar mis citas médicas, sobrevivir a la ansiedad de los números rojos (cuasi morados) de la cuenta corriente…

Y diréis: “mujer, pero también tienes un montón de cosas buenas, eres independiente, vas y vienes a tu antojo, haces lo que quieres sin dar explicaciones…” TURURÚ. Creo que ya solo me falta dárselas al conserje del edificio de la oficina. Cualquier lunes al entrar me dirá: “chata, ¿qué es eso de llegar a casa a las 2 de la mañana y encima no escribirme para que me quede tranquilo?”

Para que os hagáis una idea: un sábado por la mañana me fui al gimnasio (que es, junto con la ducha, el único sitio al que no me llevo el móvil)  y cuando volví, mi madre estaba a puntito de enviar una foto mía a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado…

No le veo la gracia a esto de ser mayor. Y eso que cuando era niña, lo deseaba con todas mis fuerzas, y no me daba cuenta de lo maravillosa que era mi vida entonces. No quiero crecer. Quiero volver a ser pequeña.

4 comentarios en “Quiero… ¿crecer?

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