Boda blanca

¡Buenos días polluelos!

Último fin de semana antes del gran viaje. Los nervios empiezan a hacer mella, la otra noche me desperté con un ojo llorando a mares y me puse histérica pensando que me saldría un orzuelo y quedaría fatal en todas las fotos. Sueño que me olvido el pasaporte, o los billetes, o que perdemos el avión. A este paso me va a salir una calentura en el morrete, con lo oportunas que son siempre…

Ayer me vine a Toro a traer a mi chiquitina para que se quede en casa con mis papis durante el viaje. Así que ahora toca aprovechar el sábado para ir a ponerme guapa donde Marta y en la pelu (cosas que no me gustan nada, ya sabéis), despedirme de amigos y familia, etc.

Antes de entrar en harina voy a ponerme un poco profunda (sorprendentemente los posts que mejor funcionan son aquellos en los que cuento cosas más personales). La semana pasada hablábamos de heridas y cicatrices, ¿os acordáis? Os aseguro que yo llevo unas cuantas, como señales de antiguas heridas de guerra que porto orgullosa de haber sobrevivido.

El caso es que el otro día me enteré de una cosa que no puedo contar por aquí, porque pertenece a otras personas aunque a mí me toque de refilón. Hace unos años, cuando me imaginaba ante esta situación, pensaba que me iba a dejar una de esas heridas que jamás terminan de cicatrizar. Que el dolor sería inmenso y no sabría superarlo.

Y, sin embargo, me he sorprendido a mí misma dándome cuenta de cómo he madurado en poco tiempo. De todas las cosas que ya no duelen, de todas las antiguas heridas que han ido curando y de lo que pudo haber sido un profundo corte y no ha llegado a rasguño. Me he descubierto alegrándome por la felicidad ajena aun cuando siempre pensé que eso iría en contra de la mía propia.

Sé que esto es así no solo porque me haya hecho mayor, o más sabia, que también puede ser, sino porque hay algo (mejor dicho, alguien) que me da motivos para sonreír incluso en los peores momentos.

Bueno, se acabó el momento moñas, que sé que os superencanta, pero a mí se me hace tarde. Os dejo una bonita canción de Ryan Shaw llamada Morning, noon & night y el monólogo de un capítulo muy especial. Feliz sábado!

Gérmenes, enfermedades, toxinas. Nuestros cuerpos se topan con amenazas constantes. Bajo la superficie, escondidas. Aunque no te des cuenta, tu cuerpo está protegiéndose continuamente. Cada vez que parpadeas, estás limpiando miles de microbios indeseados. Si respiras demasiado polen, estornudarás. El cuerpo sabe cuándo se ha topado con algo que no le pertenece. El cuerpo detecta al invasor, libera sus leucocitos y ataca.

Justo cuando creemos que lo tenemos todo claro, el universo nos desafía. Tenemos que improvisar. Encontramos la felicidad en lugares inesperados. Nos damos cuenta de las cosas que nos importan. El universo es así de extraño. A veces sabe ponernos exactamente donde tenemos que estar.

Anatomía de Grey, temporada 7, capítulo 20.

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