Adónde vamos desde aquí

Hola, queridos míos. ¿Es posible que ayer se me olvidara poner el post otra vez? Sí, es posible. En mi defensa quiero alegar que tuve un día muy ajetreado. Un año más, el inicio de la Feria del Libro inundaba el Parque del Retiro de gente y literatura. Y allá que me fui, pertrechada de algunos libros que quería tener firmados, como los de mi admiradísimo César Pérez Gellida. Y menos mal que sólo me llevé 3, porque como era previsible volví con otros tantos. Con eso y con un dolor de espalda y una deshidratación importante, creo. ¡Hacía un calor insoportable! El próximo año me llevo dos litros de agua helada, un ventilador portátil y un carrito de la compra para transportar todo cómodamente.

Ayer fue día de literatura y de amigos. De la buena gente que traen las redes sociales entre toda una marabunta de pirados, cuñados y ofendidos de la vida. Hoy también ha habido tiempo para los amigos, y para sacar la ropita de verano, y para poner lavadoras y… Ahora tengo que ponerme un rato con el curso (tras el post) y después descansar, que me están entrando sudores fríos de pensar que mañana es lunes y no he parado en todo el finde. Y el que viene me voy de casa rural!

Os dejo porque quiero dejar enviada una tradu y terminar algunos ejercicios, y necesito un ratito de sofá y de no hacer nada… El monólogo que nos toca es de los que dan mucho que pensar. Y nos acompaña otra vez Ella Eyre, que me está encantando! El tema de hoy se llama If I Go. Disfrutad de lo que queda de finde. Mil besos!!

Al sufrir un trauma, el cuerpo despliega su propio sistema defensivo. Desde el primer segundo, el cerebro recibe la señal de que ha ocurrido una catástrofe. La sangre va a los órganos que más lo necesitan, inundando los músculos, los pulmones, el corazón, el cerebro. El cerebro decide por el resto del cuerpo: o enfrentarse al peligro o salir huyendo. Es un mecanismo diseñado para proteger el cuerpo. Para protegerle de que sepa que lo que ha pasado podría ser irreparable. Lo llamamos shock.

Cuando el shock remite, cuando el cuerpo acepta que se ha producido un trauma, cuando puede bajar sus defensas, es un momento aterrador. Es vulnerable. La respuesta al shock nos protege y puede que nos salve.

Anatomía de Grey, temporada 11, capítulo 9.

Carta para Noa

Mi pequeño bebé peludo:

No dejan de llegar malas noticias sobre tu salud y yo no puedo aguantar las lágrimas y esta pena que me quema y me arrasa por dentro. No quiero que me veas llorar y te pongas más triste tú también, que ya ni juegas, ni te diviertes ni nada… Te veo apagarte poquito a poco y se me va la vida contigo.

Llegaste a mí cuando tenías apenas un mes y medio y cabías en la palma de la mano. Te recuerdo asustada, escondida junto a la lavadora. Me parecías la cosa más bonita que había visto nunca. 

Desde entonces, hace más de 7 años, apenas hemos estado separadas unos días. Tenerte conmigo ha implicado algunos sacrificios pero ha sido un regalo, por tu cariño desinteresado y sincero. Hemos estado solitas mucho tiempo pero tu presencia me hace sentir en casa. Eres mi hogar, Noa. El amor de mi vida. Ojalá te hayas sentido tan amada y feliz como he intentado que fueras.

No puedo soportar pensar en que puedas irte pronto. Luchemos juntas, pequeña. Yo no me rindo. No te rindas tú, por favor. Hagamos lo posible por seguir juntas más tiempo. Y si finalmente tienes que irte, espero que no sufras. Ya sufriré yo por ti, chiquita mía. Tu ausencia será durísima. Por eso tenemos que ir a por todas.

Sé que mucha gente no me entiende. “Sólo es un animal”, pensarán. Pero eres MI FAMILIA, Noa. Y SIEMPRE, SIEMPRE, TE LLEVARÉ CONMIGO. 

(No os penséis que se me ha ido la cabeza. Soy perfectamente consciente de que Noa no puede leerme, pero este post es una vía de escape ante el maremágnum de sentimientos que estoy experimentando ahora mismo. Escribo por mí, para lavarme un poco el alma y ver la situación con un poquito de perspectiva). 

Bajo el agua

¿Recordáis cuando en esos juegos veraniegos en la piscina alguien os agarraba del pie y no os dejaba salir al exterior? Durante unas angustiosas fracciones de segundo te atenazaba la angustia y te quedabas paralizado, hasta que te sacudías de una patada al gamberro en cuestión y podías respirar al fin.

Así me siento yo desde hace algún tiempo. Salvo que todavía no he logrado llegar a la superficie. ¡Y los lunes no ayudan ni un poquito! Especialmente éste, en el que me toca jornada intensiva (de 8h a 21h, vaya).

El miércoles pasado volví a pesarme tras cuatro meses sin saber cómo estaban yendo las cosas, y lo que me contó la báscula no me gustó nada. El resultado es que hoy vuelvo a la dieta.

Para motivarme y superar la semana, estoy poniéndome este tema en bucle. Lo comparto con vosotros, ¡porque todos necesitamos una canción para la batalla! Se llama Fight song y es de Rachel Platten.

YES WE CAN!

Un lunes cualquiera

La semana no ha podido empezar peor. Llueve, lo que para mí no supondría un gran problema si no fuese porque Madrid se colapsa. Es verdaderamente llamativo. Quiero decir que es una ciudad en la que la lluvia es algo cotidiano, no estamos en el Sáhara (ni tan siquiera sé si en el Sáhara lloverá normalmente). ¡¡No entiendo por qué llegar a la ofi se convierte en la vuelta de Ulises a Ítaca!!

Además sigo en modo “hiperrestricción alimentaria” porque sé que en el viaje los excesos gastronómicos van a ser una constante. Así que muero de hambre sólo de pensar que a mediodía me espera una ensalada sin una gota de proteína.

Por eso, toca tirar de artillería pesada para darle un poco de luz a este lunes en el que tengo la cabeza ya más al otro lado del Atlántico que en las tareas que tengo para hoy: Love Natural, de Crystal Fighters.

Nada más que añadir, Señoría! ;)

Hace dos años y un día…

No, esto no es un post sobre la obra de Pimpinela, no preocuparse! ;) Hoy os quiero contar una de esas cosas que os permite conocerme un poquito más.

Si me seguís desde hace bastante, estaréis al tanto de mis dimes y diretes con el peso. De pequeña era una raspilla: comía fatal, me aburría tener que hacerlo y había muchas cosas que no me gustaban. Pero llegó el momento de irme a estudiar fuera y, con eso, el desastre.

Me tocó ir a clase en el turno de tarde, que era más o menos de 16 a 21h. Volvía a casa muerta de hambre, cenaba guarradas (hasta papillas), trasnochaba viendo cualquier tontería en la TV, al día siguiente me levantaba casi a la hora de comer… Lo raro hubiera sido que mi metabolismo resistiese el tirón, pero evidentemente este horror de vida fue más fuerte que él. Y comencé a engordar.

Primero fueron unos kilillos, nada preocupante. Hacía todas las dietas milagro que pasaban por mis manos, con un efecto rebote que ríete tú de los de la NBA. Acabé la carrera con casi 15 kilos más de lo que pesaba cuando la empecé. Tras una presión brutal en casa y por parte del chico con el que estaba en aquel momento, me animé a probar con Naturhouse, muy de moda en ese momento. Meses de sufrimiento después, dejándome la pasta en las cositas que te mandan tomar, logré quedarme en 58 kilos. 

Pero la ansiedad, un ritmo laboral estresante con unos horarios complicados, la pereza… todo pudo conmigo y no sólo recuperé lo perdido, sino que en 2013 llegué a pesar 84 kilos. Sí, como lo leéis.

Entras en una dinámica en la que te da igual comer otra pizza más, si total, ya no se te va a notar. Es un bucle infinito, muy difícil de romper. Te desanimas cuando vas a comprarte ropa y no te vale nada, pero piensas que nunca conseguirás adelgazar, que da igual lo que hagas, porque ya lo has intentado todo y al final se ha quedado en nada, y sigues comiendo. Comes para premiarte, para castigarte, por aburrimiento…

Esta foto fue el punto de inflexión. Al verla me dije "Hasta aquí".

Este fue el punto de inflexión.

Tras ver esta foto tan espantosa fui consciente de que esta situación no podía seguir así. De que había que poner remedio. Fue en el esclarecedor viaje a Praga que hice con mi madre y mi tía para visitar a mi prima Clara, de Erasmus allí, cuando tomé la decisión que me cambió la vida. Ambas me dieron su bendición y el soporte financiero que necesitaba, y el viernes 2 de agosto de 2013 me colocaron un balón intragástrico (BIG) en IMEO.

Ese fin de semana pasé tantos dolores que solo podía pensar en si iba a merecer la pena. Tras unos días bastante duros, comenzó el verdadero sacrificio: seguir la dieta. Porque BIG no funciona si sigues comiendo lo que te da la gana. Pero yo estaba comprometida 100% y tenía que conseguirlo, esta vez sí. El objetivo: perder 30 kilos.

Con eso en mente, y gracias al apoyo semanal de todo el personal de la clínica, desde la nutricionista (y ahora amiga) más maravillosa del mundo mundial, Andrea, hasta todas las chicas de Estética que me hacían unos tratamientos estupendos para ayudar en el proceso y conseguir que la piel se me quedase fantástica, y mi adorada Alejandra, la psicóloga que aguantaba todas mis chapas y conseguía que no me volviese demasiado loca, fui dejando kilos atrás.

Pronto llegó el momento de quitar a BIG, porque yo llevaba el de 6 meses. Casi lo tuve puesto 7, y en la recta final lo pasé fatal, me costaba muchísimo digerir la comida y tenía cólicos de gases. Pero el 26 de febrero BIG y yo nos despedimos para siempre, con gran alegría por mi parte, debida entre otras cosas a los beneficiosos efectos de la sedación.

El tratamiento completo tiene una duración de dos años, y como yo solo había perdido una parte del peso deseado, seguí con mi dieta y empecé a ir al gimnasio un par de veces o tres por semana. A finales de marzo conseguí mi objetivo. Y… seguí bajando, porque cada vez quería más. Me enganché a la talla 36, incluso me compraba algunas cosas de la 34 o de la XS.

De repente me di cuenta de que me había hecho una esclava de un número en un minúsculo trozo de papel o de lo que dijese una báscula. ¿Qué más daba que me dijesen que no tenía buena cara si la TANITA marcaba 49,65 kg.?

Aun así, yo seguía sin verme bien, especialmente en bikini. Y la hecatombe llegó este año, con el cambio de trabajo. Las jornadas maratonianas me hicieron abandonar el gym, el estrés me provocaba una ansiedad que a duras penas lograba mantener a raya. Así que he cogido algo de peso que no soy capaz de bajar. Casi todo son líquidos, pero aun así estoy obsesionada.

Hay veces que he dejado de hacer planes con gente solo para no verme tentada a pecar, a saltarme lo que me toque comer ese día.

Y aunque mucha gente dice que estoy ahora mejor, entre 53-54 kilos, yo me veo espantosa. Sé que tengo una visión muy distorsionada, y trato de luchar contra eso. Ser objetiva, mantenerme firme, seguir comiendo como me han enseñado, hacer ejercicio… Pero a veces es tremendamente duro.

Por eso quería compartir esto con vosotros hoy. Ayer, hablando con una amiga que también está a dieta, me di cuenta del daño que nos hacemos a nosotros mismos con esos pensamientos tan distorsionados, y pensé que este post podría ayudar a alguien. Así que aquí tenéis mi historia.

Quiero acabar el post dando infinitas gracias a todas las personas que me han ayudado en este camino: mi familia, a la que le debo TODO, la gente de IMEO (especialmente a Andrea y Alejandra) que me han hecho sentir siempre la niña mimada de la clínica y que son unos grandes profesionales, mis amigos que aguantan carros y carretas y se adaptan a mi dieta si es necesario, y esa persona que hace las mayores tonterías del mundo solo por verme sonreír. Y gracias también a los que estáis de ese otro lado ;)

Acabamos con temazo motivacional. Porque #YesWeCan!

Noche de Reyes

Hoy me ha entrado un ataque de nostalgia. Todo el mundo habla en Twitter de lo maravillosa que es esta noche, la más mágica del año, pero es que hace siglos que no siento esa emoción de la llegada de SS. MM. Los Reyes Magos de Oriente. Y me ha dado por pensar en mi infancia, que fue preciosa.

Algunas mañanas del 6 de enero las recuerdo como si fueran ayer mismo. La noche antes nos encargábamos de la logística: colocábamos un zapato de cada uno, impoluto y refulgente, bajo el árbol, que estaba en el vestíbulo de nuestra enterior casa; poníamos los vasos de leche y el platito de galletas para Sus Majestades… Los preparativos habituales, vaya. Y mi hermano y yo nos íbamos a la cama, aunque de la emoción nos costaba un triunfo dormir. ¡Qué nervios se pasaban aquella noche! Y luego despertabas y ¡oohhh….! Bajo el zapatito, había un montón de regalos.

Me ha dado por buscar algunos de ellos en Google Imágenes y aquí estoy, medio lagrimeando y todo. Me acuerdo de un año que me trajeron esta mesita de Baby Feber (aunque el muñeco, de aspecto parecido a Chucky, no lo tenía, yo era más de Nenuco), y también un carrito de limpieza que no he logrado encontrar pero que era muy rosa, como todo lo mío en aquella época, vaya. Estaba tan emocionada…

¡Tenía hasta bañera...! :__)

¡Tenía hasta bañera…! :__)

Otro año, cuando ya andaba yo con la mosca detrás de la oreja, me trajeron este maletín con un Nenuco que era adorable, con su pijamita suave y todo. Sospechaba yo de la veracidad de la magia de los de Oriente, y me levanté a mirar varias veces a ver si ya habían llegado y nada. Pero cuando mi papi (que estaba de noche) volvió del trabajó, me despertó para que fuese a ver, y ¡oh, sorpresa! ya habían pasado los Reyes. Elemental, mi querido Watson.

¿Soy todo amor o qué?

¿Soy todo amor o qué?

Después, la época de las Barbies. Tenía tantas que podrían haber solicitado la independencia y creado su propio gobierno. Sin duda, una de las que más me gustó, por espectacular y por ser de las primeras, fue la Barbie Superstar.  De su vestido (rosa, of course) podías hacer varios modelos, y tenía una estola de pelo! Puro glamour… Seguro que la hubiesen elegido presidenta.

Será por estrellas...

Será por estrellas…

Y claro, ellas llegaban pero no llegaban solas. ¡Necesitaban un hogar! Así que otro año, los Magos de Oriente me dejaron bajo el árbol una magnífica casa-maletín que tenía jardín y todo. Mi padre me la montaba en la cocina, a la vez que el castillo de Playmobil que los Reyes le habían traído a mi hermano. Y cuando ya teníamos todo preparado, era hora de recoger porque mi madre volvía del trabajo y había que cenar y esas cosas. Así que el juego consistía, básicamente, en montar y desmontar casa y castillo. Qué paciencia tenía mi padre…

La terraza era lo más...

La terraza era lo más…

Pronto se dieron cuenta Sus Majestades que aquella casa práctica, lo que se dice práctica, no era. Y me trajeron esta otra, que además podía llevar por ahí para jugar en cualquier sitio. Sí, otro maletín. ¡Pero este tenía hasta chimenea con fuego! Barbie vivía como quería.

Es, más o menos, como mi casa de ahora...

Es, más o menos, como mi casa de ahora…

Los regalos fueron cambiando a medida que crecíamos: calzado, ropa y un montón de cosas super útiles y prácticas que a nosotros no nos hacían ninguna ilusión. Y fue entonces cuando los juegos de mesa adquirieron un protagonismo inusitado. El primero de la clase, Quién es quién, o el que sin duda era mi favorito, La herencia de tía Ágata. La verdad es que montarlo también era un poco coñazo y muchas veces cuando acabábamos ya teníamos que recogerlo, pero MOLABA.

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Hasta el gato podía heredar…

Todos como locos por la herencia. Como los hijos de Rocío Dúrcal, igualito...

Todos como locos por la herencia. Parecía un programa del corazón… 

Y hasta aquí el ataque de melancolía y la vuelta a la infancia. Creo que no volveré a disfrutar del día de Reyes hasta que me toque a mi serlo para unos pequeñuelos que se levanten de sus camitas medio adormilados y emocionados, y corran a ver si debajo del árbol de Navidad ha llegado la magia.

El treinta y seis y medio

Cuando era gordita, odiaba con todas mis fuerzas comprarme ropa. Las que sufran la tortura de tener unos kilitos de más entenderán perfectamente de lo que hablo: coges una prenda cuya enorme talla te mira desafiante, con mala leche casi, y te metes en ese probador/cubículo infernal, en el que todo está pensado para hacerte sentir mal (la iluminación que te abrasa, los espejos que te ponen encima más kilos de los que ya tienes…). Y te la pruebas. Y te queda pequeña. La ropa que te gusta ni te vale ni te sienta bien. Y la que te vale parece un saco…

Y quieres irte a casa, encerrarte echando como poco siete llaves, esconderte bajo una manta y llorar y maldecir bajito por no haber nacido en la época de Rubens. Y zamparte un paquete enterito de Donuts o una pizza familiar o tres, porque ya total, no se te va a notar…

Por eso, para lo que nunca me importaba ir de compras era para los bolsos y los zapatos (por razones obvias). Pero desde que adelgacé, tengo un ligero problema: en lugar del 37 que he calzado siempre, ahora tengo un 36,5. El número 36 me queda pequeñito, y el 37 me baila. En esas estamos…

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… y últimamente me da la sensación de que me pasa lo mismo con mi vida. Soy un treinta y seis y medio que no acaba de encajar en nada. A diario lucho por manejar situaciones que me vienen grandes y me provocan un estrés con el que me resulta difícil convivir (especialmente ahora que ya no utilizo la comida como vía de escape, y no será por falta de ganas a veces), o siento que estoy por encima de otras cosas que veo absurdas y ridículas.

¿Será esto madurar? ¿Para cuándo unos zapatos a medida?

Quiero… ¿crecer?

Hace algún tiempo leí, al inicio de un libro de Jorge Bucay (creo que era Cartas para Claudia), este poema escrito por el famoso psicoterapeuta argentino:
Quiero que me oigas, sin juzgarme.
Quiero que opines, sin aconsejarme.
Quiero que confíes en mí, sin exigirme.
Quiero que me ayudes, sin intentar decidir por mí.
Quiero que me cuides, sin anularme.
Quiero que me mires, sin proyectar tus cosas en mí…
Quiero que me abraces, sin asfixiarme.
Quiero que me animes, sin empujarme.
Quiero que me sostengas, sin hacerte cargo de mí.
Quiero que me protejas, sin mentiras
Quiero que te acerques, sin invadirme…
Quiero que conozcas las cosas mías que más te disgusten,
que las aceptes, y que no pretendas cambiarlas.
Quiero que sepas que hoy, por lo menos hoy, tú puedes contar conmigo…
 
Sin condiciones.

Todos queremos (o deberíamos querer) esta lista de cosas para cualquier relación interpersonal marcada por el afecto. Con la gente que de verdad nos importa, da igual que sea un amigo, nuestra familia o la persona de la que estamos enamorados.

Parece fácil, ¿verdad? Pues yo creo que es terriblemente complicado. A veces, proyectamos en los demás nuestros miedos, y los disfrazamos de amor y legítima preocupación. Y eso es de todo, menos sano.

Cojones tiene la copla que lo diga yo, que soy el adalid de la preocupación por los demás. Lo que pasa es que al final, acaba afectando no solo a mi propia salud física y mental, sino también a la de los objetos de esta mal entendida empatía. Pero bueno, lo mío es un trastorno mental del que soy consciente y en el que estoy trabajando.

Todo este rollo viene porque veo acercarse mi trigésimo cumpleaños como ves acercarse un tren y resulta que se te queda un pie atrapado en el medio de la vía. Y aparte de una pésima gestión de las expectativas que tenía de cómo debía ser mi vida a los 30, cosa harto frustrante porque no soy capaz de adaptarlas a mis circunstancias actuales, siento que al ir creciendo solo he acumulado responsabilidades. Ni una puta ventaja.

Levantarme cada mañana para ir a trabajar, preocuparme de pagar el alquiler y las facturas, ir a hacer la compra o tirar la basura, organizar mis citas médicas, sobrevivir a la ansiedad de los números rojos (cuasi morados) de la cuenta corriente…

Y diréis: “mujer, pero también tienes un montón de cosas buenas, eres independiente, vas y vienes a tu antojo, haces lo que quieres sin dar explicaciones…” TURURÚ. Creo que ya solo me falta dárselas al conserje del edificio de la oficina. Cualquier lunes al entrar me dirá: “chata, ¿qué es eso de llegar a casa a las 2 de la mañana y encima no escribirme para que me quede tranquilo?”

Para que os hagáis una idea: un sábado por la mañana me fui al gimnasio (que es, junto con la ducha, el único sitio al que no me llevo el móvil)  y cuando volví, mi madre estaba a puntito de enviar una foto mía a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado…

No le veo la gracia a esto de ser mayor. Y eso que cuando era niña, lo deseaba con todas mis fuerzas, y no me daba cuenta de lo maravillosa que era mi vida entonces. No quiero crecer. Quiero volver a ser pequeña.

¿Dignidad? Sí, pero no para todos

Hoy necesitaba escribir un post. Así de buena mañana, por ser lunes. Y es que os leo y ya me encabronáis para el resto del día.

Vivimos en un país de hienas. De aves carroñeras que desde el viernes han estado sobrevolando al expresidente Suárez, esperando que exhalase su último suspiro mientras lo despedazaban. Creo que el anuncio de su muerte inminente ha sido un grave error por parte de su hijo, pero en fin, él sabrá…

Nadie discutirá el papel fundamental de Suárez en la historia reciente de España, pero oigan, que antes del 78 también hubo algunos gobiernos elegidos democráticamente y no a golpe de levantamiento, así, por dar algún apunte histórico… Se conoce que para alguna gente, la República es antidemocrática, anticonstitucional y antitodo.

Y hablando de anti, vamos a hablar del 22M. Desafortunadamente este fin de semana estuve fuera de Madrid, si no, evidentemente hubiese estado ahí. Una manifestación que invadió las calles de la capital con gente llegada de todos los puntos de nuestra geografía (aquellos que lo lograron, claro). Las imágenes aéreas muestran una masa humana mayor que la que se congregó en la Misa de la Familia, pero sorprendentemente las cifras aportadas por las autoridades competentes son ridículamente inferiores.

Digamos que hubo entre 50.000 y 1.500.000 personas, según el cristal con el que se mire. Y de esa gente, un porcentaje que no llegará al 0,01% la lía (sigo sin estar convencida de que no sean revientamanifestaciones profesionales) y eso es todo lo que importa.

Algunos, que sois de derechas, convertís gracias a esta información, a la dignidad en algo indigno. Como si los derechos que se puedan conseguir con estas acciones no os atañesen. Como si la izquierda fuese el coco. Como si ningún votante del PP hubiese salido a la calle el sábado.

Y luego os quejáis de que os despiden/putean en el trabajo, o de que están privatizando la Sanidad, o de otras tantas cosas. Pero os quedáis en casa y despotricáis contra quienes defienden los derechos de todos, tildándonos de bárbaros y salvajes, sin saber diferenciar la parte (muy muy pequeña) del todo. Pues yo también condeno los destrozos, pero admiro profundamente a todas y cada una de esas personas que engrandecieron la palabra DIGNIDAD. La gente así es la que mueve el mundo y hace una sociedad mejor.

Ojalá hubiese una forma de excluir a todos los que critican y condenan las manifestaciones de las mejoras sociales ganadas a través de estas, o de las huelgas. Si no participáis de ello, no tenéis derecho a ningún beneficio.

Ale, ya me quedé a gusto. Feliz semana a casi todos.

Otra Navidad más

Qué poco me van estas fechas. Cuando era niña me encantaba la Navidad: las cenas multitudinarias, la magia de los Reyes Magos, las largas vacaciones…

Cuando te haces mayor, todo eso va quedando atrás. Y no es lo único. Estos días, al ver la cantidad de cenas que organiza la gente con sus amigos, sentía un poco de envidia.

Me da mucha pena haberme distanciado de gente que ha sido muy importante en mi vida, como algunos amigos del cole, la gente de la carrera y el máster, o incluso los amigos del pueblo.

No sé si es algo que sucede de forma natural, por el devenir del tiempo, o soy yo un poco asocial. Casi seguro que es esto último. Tal vez demasiadas quedadas a las que no fui por cansancio, curro o pereza. O llamadas sin devolver. O vaya usté a saber qué.

El caso es que es Navidad, y estoy ñoña, y a la gente que me falta porque ya no puede volver, en mi corazón se suma la ausencia de esos amigos a los que echo de menos.

Así que a todos ellos, y a los que sí estáis, que sois muchos y buenos y agradezco teneros en mi vida, y a mi familia, sin la que no podría vivir, a todos os deseo una feliz Navidad y que este 2013 que para algunos (entre los que me incluyo) ha sido nefasto, acabe pronto para dejar paso a un 2014 que promete cosas nuevas y buenas.

Os dejo, que hoy queda mucho por hacer. Disfrutad de la noche.

Un abrazo!